ARTICULOS DE INTERES.

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Espléndido trabajo el que nos ofrece elP. Ribero para ir lo tengamos presente no sólo este mes sino cada día . Espero que os proveche y beneficie.

EUCARISTIA Y GENEROSIDAD
La generosidad es la virtud de las almas grandes, que encuentran la satisfacción y la alegría en el dar más que en el recibir. La persona generosa sabe dar ayuda material con cariño y comprensión, y no busca a cambio que la quieran, la comprendan y la ayuden. Da y se olvida que ha dado.

El dar ensancha el corazón y lo hace más joven, con mayor capacidad de amar. Cuanto más damos, más nos enriquecemos interiormente.

¿Con quién tenemos que ser generosos? Con todos. Con Dios. Con los demás, sobre todo con los más necesitados.

Manifestaciones de una persona generosa.

• Sabe olvidar con prontitud los pequeños agravios.
• Tiene comprensión y no juzga a los demás.
• Se adelanta a los servicios menos agradables del trabajo y de la convivencia.
• Perdona con prontitud todo y siempre.
• Acepta a los demás como son.
• Da, sin mirar a quién.
• Da hasta que duela.
• Da sin esperar.

Hagamos ahora la relación Eucaristía y generosidad.

Generosidad, primero, por parte de Dios.
Generoso es Dios que nos ofrece este banquete de la Eucaristía y nos sirve, no cualquier alimento, sino el mejor alimento: su propio Hijo. Generoso es Dios porque no se reserva nada para Él.

Generoso es Dios en su misericordia al inicio de la misa, que nos recibe a todos arrepentidos y con el alma necesitada. Generoso es Dios cuando nos ofrece su mensaje en la liturgia y lo va haciendo a lo largo del ciclo litúrgico.

Generoso es Dios cuando considera fruto de nuestro trabajo lo que en realidad nos ha dado Él; pan, vino, productos de nuestro esfuerzo. Generoso es Dios cuando no mira la pequeñez y mezquindad de nuestro corazón al entregarle esa poca cosa, y Él la ennoblece y diviniza convirtiéndola en el cuerpo y la sangre de su querido Hijo.

Generoso es Dios que nos manda el Espíritu Santo para que realice ese milagro portentoso. El Espíritu Santo es el don de los dones. Generoso es Dios cuando acoge y recibe todas nuestras intenciones, sin pedir pago ni recompensa. Generoso es Dios cuando nos ofrece su paz, sin nosotros merecerla.

Generoso es Dios cuando se ofrece en la Comunión a los pobres y ricos, cultos e ignorantes, pequeños, jóvenes, adultos y ancianos. Y se ofrece a todos en el Sagrario como fuente de gracia.

Generoso es Dios, que va al lecho de ese enfermo como viático o como Comunión, para consolarlo y fortalecerlo. Generoso es Dios que está día y noche en el Sagrario, velando, cuidándonos, sin importarle nuestra indiferencia, nuestras disposiciones, nuestra falta de amor.

Generoso es Dios que se reparte y se comparte en esos trozos de Hostia y podemos partirlo para que alcance a cuántos vienen a comulgar. Es todo el símbolo de darse sin medida, sin cuenta, y en cada trozo está todo Él entero. Generoso es Dios que no se reserva nada en la Eucaristía.

Y en todas partes, latitudes, continentes, países, ciudades, pueblos, villas que se esté celebrando una misa, Él, omnipotente, se da a todos y todo Él. Y no por ser un pequeño pueblito escondido en las sierras deja de darse completamente. ¿Puede haber alguien más generoso que Dios?

Segundo, generosidad por parte de nosotros.

Aquí, a la Eucaristía, hemos venido trayendo también nuestra vida, con todo lo que tiene de luces y sombras, y se la queremos dar toda entera a Dios. Le hemos dado nuestro tiempo, nuestro cansancio, nuestro amor, nuestros cinco panes y dos pescados, como el niño del evangelio. Es poco, pero es lo que somos y tenemos.

Hemos venido con espíritu generoso para dar, en el momento de las lecturas, toda nuestra atención, reverencia, docilidad, obediencia, respeto. En el momento del ofertorio hemos puesto en esa patena todas nuestras ilusiones, sueños, alegrías, problemas, tristezas. En el momento de la colecta se nos ofrece una oportunidad para ser generosos. En el momento de la paz se nos ofrece una oportunidad para saludar a quien tal vez está a nuestro lado y hace tiempo que no saludamos. Salimos con las manos llenas para repartir estos dones de la eucaristía.

En fin, la Eucaristía es el sacramento de la máxima generosidad de Dios, que nos llama e invita a nuestra generosidad con Él y con el prójimo. Jesús Eucaristía, abre nuestro corazón a la generosidad.

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Para que aprovechéis este verano y se os aclaren las posibles dudas sobre este gran Sacramento. Una breve reseña de las dificultades por las que ha pasado este Misterio.

Que lo valoréis y lo disfrutéis, aunque estéis de vacaciones.

Saludos cordiales.

D. José Párroco

EUCARISTÍA Y APOSTOLADO

Un tema que nos puede venir muy bien, ahora que estamos en vacaciones y tenemos la oportunidad de contactar con tantos amigos y conocidos. Pero es útil todos los días del año. Siempre que asistimos a la eucaristía, teníamos que salir con la fuerza de contagiar a todo el que nos encontremos, con lo que hemos celebrado y vivido. Espero que nos ayude a todos un poquito a valorar la celebración de la Eucaristía y a tener en cuenta el compromiso que adquirimos.

¿Cómo iban creciendo los primeros cristianos? A través de la fracción del pan y la predicación.

 No sé si todos nosotros sentimos el mismo aguijón de San Pablo: “Ay de mí, si no evangelizo . . .” (1Co 9,16). Urge el apostolado. El Papa Juan Pablo II en la encíclica sobre “La misión del Redentor” nos dijo: “La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (n.1).

 ¿Qué es el apostolado? 

El apostolado es precisamente ese comprometernos con todas nuestras energías a llevar el mensaje de Cristo por todos los continentes. Jesús al irse al cielo no nos dijo: “Id y rezad”; sino que dijo clarísimamente: “Id y anunciad”.

  Esto es el apostolado

Para san Juan[1], el apostolado es dar a los demás lo contemplado, escuchado, vivido, comido, experimentado con Jesús. Eso es el apostolado. Apostolado es llevar el buen “olor de Cristo” (2Co 2,15). Es llevar la sangre de Cristo, y esa sangre se derrama en cada Eucaristía. Es llevar el mensaje de Cristo, y ese mensaje se proclama en cada Eucaristía. Es salvar las almas, y esas almas son redimidas en cada Eucaristía.

 ¿Para qué hacemos apostolado? Para que Cristo sea anunciado, conocido, amado, imitado y predicado. En la Eucaristía hemos escuchado, comido y contemplado a Jesús.

 ¿Dónde hacer apostolado? En la familia, la calle, la profesión, los medios de comunicación social, la facultad. En todas partes encontramos púlpitos, auditorios, escenarios, estrados y areópagos desde donde predicar a Cristo, con valentía y sin miedo.

 ¿Cómo hacer apostolado? Con humildad, ilusión, alegría, voluntad, ánimo, caridad. La caridad es el alma de todo apostolado y nos urge. No imponemos con la fuerza, sólo proponemos con el bálsamo del amor y del respeto.

 El apostolado es, pues, llevar el mensaje de Cristo a nuestro alrededor, dando razón de nuestra fe. En cada Eucaristía Jesús nos entrega su mensaje, vivo en la Liturgia de la Palabra y en la Comunión. Es el derramamiento al exterior de nuestra vida espiritual e interior. En cada Eucaristía Jesús nos llena de su gracia y amor y vamos al apostolado a dar de beber esas gracias a todos los sedientos. Es poner a las personas delante de Jesús para que él las ilumine, las cure, las consuele, como hicieron aquellos con el paralítico que llevaron en una camilla. El encuentro con Jesús en la Eucaristía nos debería comprometer a ir trayendo a las personas a este encuentro con Jesús.

 La misa acaba con este imperativo latino: “ite, missa est”. Es una invitación al apostolado: Id. Missus quiere decir “enviado”. El apostolado debe ser el fruto de la eucaristía, el fruto de la liturgia. Es como si se dijera: “id, sois enviados, vuestra misión comienza”.

 El apostolado debe brotar de la misa y a ella debe retornar. Es decir, debemos salir de cada Eucaristía con ansias de proclamar lo que hemos visto, oído, sentido, experimentado, para que quienes nos vean y escuchen estén en comunión con nosotros y ellos se acerquen a la Eucaristía. Y al mismo tiempo debemos volver después a la Eucaristía para hablar a Dios, traer aquí todas las alegrías y gozos, angustias, problemas y preocupaciones de todas aquellas gentes que hemos misionado.

 Todos sabemos que el fin último del apostolado es la glorificación de Dios y la santificación de los hombres. Este fin es el mismo que el fin de la liturgia y de la Eucaristía o misa, que es el sol y el corazón de la liturgia.

 Si esto es así, la misa nunca termina, sino que se prolonga ininterrumpidamente. El apostolado hace que la misa se prolongue. Porque en todas partes, durante las 24 horas del día se está celebrando una misa. Ese Sol de la Eucaristía nunca experimenta el ocaso. Ese Corazón de la Eucaristía nunca duerme, siempre está vigilando y palpita de amor por todos nosotros.

 ¿Cómo vivir entonces cada Eucaristía?

 Con muchas ansias de alimentarnos para tener fuerza para el camino de nuestro apostolado; con mucha atención para escuchar el mensaje de Dios a través de la lectura, para después comunicarlo en el apostolado; con espíritu apostólico, pues cada misa debe traernos, si no en persona, al menos espiritualmente a nuestro lado, a todos aquellos que vamos encontrando en nuestro camino.

 Por tanto, ya en cada misa estamos haciendo apostolado. Colocamos a esas personas en la patena del sacerdote, las encomendamos en la Consagración y pedimos por ellas en la Comunión. A ellas, Cristo les hará llegar los frutos de su Redención eterna.

 Pidamos la misma pasión por las almas de san Pablo, de san Francisco Javier, de san Pedro Chanel… que no nos deje tranquilos hasta ver a todos los hombres conquistados para Cristo, y valoremos la misa como medio para salvar almas y prepararnos para el apostolado e incendiar este mundo. ¡Incendiemos no sólo el Oriente, sino también el Occidente, el Norte y el Sur, el Este y el Oeste!


En la Eucaristía ocurre el misterio de la transubstanciación, es decir, el cambio sustancial del pan y del vino en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

 Este misterio sólo se acepta por la fe teologal, que se apoya en el mismo Dios que no puede engañarse ni engañar; en su poder infinito que puede cambiar las realidades terrenas con el mismo poder con que las creó de la nada.

 Pero a lo largo de la historia de la Iglesia ha habido quienes negaron este misterio de la transubstanciación por falta de fe. Hasta el Siglo XI no hubo crisis de fe en el misterio eucarístico.

Fue Berengario de Tours el primero que se atrevió a negar la conversión eucarística en 1046.

El Sínodo de Pistoia, siglo XVII calificaba de “cuestión meramente escolástica” y pedía descartarla de la catequesis. Ciertamente este sínodo no fue aprobado por el Papa.

 En el Siglo XX surgió una sutil opinión de los modernistas que defendían que los sacramentos estaban dirigidos solamente a despertar en la mente del hombre la presencia siempre benéfica del Creador. Pero así no sólo se negaba la transubstanciación sino también la misma presencia real de Cristo en la Eucaristía. Fue Pío X en 1907 quien corrigió este error modernista en su Decreto “Lamentabili”.

Otros quieren ver sólo un símbolo y signo de la presencia espiritual (no real) de Cristo. Pío XII corrigió este error en su Encíclica “Humani Generis” en 1950.

Hay quienes creen que se trata de una simple cena ritual, no de una presencia real. Es un simple símbolo. Y dan un  paso más. Hay opiniones provenientes de teólogos de los Países Bajos, Alemania y Austria que hablan de transfinalización, es decir, después de las palabras de la consagración, sólo habría un pan con un fin distinto, y de transignificación, es decir que después de la consagración habría un pan con significado distinto. Sí, es verdad; hay una nueva finalidad y una nueva significación, pero porque hubo un verdadero cambio de sustancia, porque hubo una verdadera transubstanciación.

 Fue Pablo VI, en 1968, quien hizo frente a estos errores y escribió la bellísima encíclica sobre la Eucaristía titulada “Mysterium Fidei”. Y en esta encíclica volvió a recordar Pablo VI la doctrina tradicional de la Eucaristía: la transubstanciación.

 Tratando de resumir los errores sobre la Eucaristía diríamos:

  • Es comida de pan solamente. No se acepta que haya habido un verdadero milagro: la transubstanciación. Nosotros, por el contrario, decimos con fe: la Eucaristía es el verdadero Pan del cielo, es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, realmente presentes.
  • No se acepta que Cristo esté realmente presente en la Eucaristía, en los Sagrarios. Se prefiere decir que es un símbolo o un signo, tal como la bandera es signo de la patria, pero no es la patria, o la balanza es signo de la justicia, pero no es la justicia. Nosotros proclamamos con fe: Cristo está realmente presente, humanidad y divinidad, en cada Sagrario donde esté ese Pan consagrado, reservado para los enfermos y para compañía de todos nosotros.
  • Se prefiere decir que es presencia espiritual, no real. Sólo recibimos un efecto espiritual pero no recibimos al mismo Dios. Es un pan más, una cena ritual, pero no el verdadero banquete. Nosotros afirmamos claramente: en la Eucaristía recibimos al mismo Jesucristo y Él nos asimila a nosotros y nosotros lo asimilamos a Él, en una perfecta simbiosis.
  • Otro de los errores comunes de la eucaristía es negar el carácter sacrificial de la santa Misa, es decir, negar que el pan y el vino se transforman substancialmente en el Cuerpo “ofrecido” y en la Sangre “derramada” por Cristo. Se prefiere hacer hincapié en el aspecto de banquete festivo. La Iglesia, y Juan Pablo II en su encíclica sobre la Eucaristía ha vuelto a resaltar el carácter sacrificial de la Eucaristía. Es banquete, sí, pero banquete sacrificial. Dijo el Papa en esta encíclica: “Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno” (n. 10).

Es cierto que sin fe en la omnipotencia de Dios, en el poder de Dios, en Dios mismo, no se entiende la Eucaristía. Si Él lo ha dicho, esto es un  milagro, es verdad, aunque nuestros sentidos nos engañen. Pidamos entonces fe. Y cantemos el famosísimo himno “Adoro devote”:

“Te adoro devotamente, oculta Verdad,

que bajo estas formas estás en verdad escondida,

a ti se someta todo mi corazón

pues, al contemplarte, todo él desfallece.

La vista, el gusto y el tacto an ti se engañan:

sólo el oído es verdaderamente digno de fe;

creo cuanto ha dicho el Hijo de Dios,

porque nada hay más verdadero

que la palabra de la verdad.

Señor Jesús, misericordioso pelícano,

a mí, inmundo, límpiame con tu sangre,

pues una sola gota de ella podría salvar

al mundo entero de todo pecado.

Oh Jesús, a quien contemplo ahora oculto,

¡cuándo se realizará lo que tanto deseo!:

que, viéndote con el rostro descubierto,

sea dichoso al contemplar tu gloria. Amén”.

 


 

Estrenamos el mes de Junio. Las vacaciones las tenemos encima, que nos pueden conducir a un “relajamiento” espiritual; bajar la guardia y tantas otras debilidades.

En nuestros artículos sobre “El tesoro de la Eucaristía”, del P.Rivero, os propongo este:

EUCARISTÍA Y PUREZA.

Tema de singular importancia, para que valoremos tan gran Sacramento; lo recibamos con las debidas disposiciones y que nos sirva de “coraza” frente a todas las asechanzas del demonio, del mundo y de la carne. Meditemos y releamos los testimonios que se adjuntan, que nos ayudarán a vivir como buenos cristianos, buenos hijos de Dios

Espero que os sirva. José

La Eucaristía cuida, alimenta y fortalece la virtud de la pureza.

Así lo demuestran los santos.

Nos dice san Juan Crisóstomo: “El cordero de Dios es inmolado en beneficio nuestro; su Sangre fluye místicamente del altar para purificarnos: brota la Sangre del costado herido del Salvador y recógese en el cáliz”.

San Felipe Neri: “La devoción al Santísimo Sacramento y la devoción a la Santísima Virgen, no son simplemente el mejor camino, sino que de hecho son el único camino para conservar la pureza. A la edad de veinte, nada sino la comunión puede conservar puro el corazón de uno… La castidad no es posible sin la Eucaristía”.

Santa María Magdalena de Pazzi: “Oh, si pudiéramos comprender quién es ese Dios a quien recibimos en la Sagrada Comunión, entonces sí, qué pureza de corazón traeríamos ante Él”.

Y el Papa León XIII afirmó: “Cuanto más pura y más casta sea un alma, tanta más hambre tiene de este Pan, del cual saca la fuerza para resistir a toda seducción impura, para unirse más íntimamente a su Divino Esposo: “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 57).

¿Cuál es la relación entre Eucaristía y pureza? ¿De qué pureza hablamos?

No sólo de la pureza que protege y cuida el sexto y el noveno mandamientos, sino sobre todo de la otra pureza que Cristo pedía en el Sermón de la Montaña: una cualidad que debe acompañar todas las virtudes, a fin de que ellas sean de verdad virtudes y no en cambio «espléndidos vicios». Su contrario más directo no es la impureza, sino la hipocresía.

Según el Evangelio lo que decide la pureza o impureza de una acción –sea ésta la limosna, el ayuno o la oración- es la intención: esto es, si se realiza para ser vistos por los hombres o por agradar a Dios: «Cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6, 2-6).

La hipocresía es el pecado denunciado con más fuerza por Dios a lo largo de toda la Biblia y el motivo es claro. Con ella el hombre rebaja a Dios, le pone en el segundo lugar, situando en el primero a las criaturas, al público. «El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón» (1S 16, 7): cultivar la apariencia más que el corazón significa dar más importancia al hombre que a Dios.

La pureza es la belleza del alma, donde hospedaremos a Jesús Eucaristía.

La pureza y belleza del alma supera inmensamente la belleza del cuerpo y de todas las cosas materiales. Pero ¡cuántos hombres piensan sólo en la belleza de su cuerpo y se olvidan de su alma! ¡Cuántas horas se pasan en acicalar su cuerpo y se olvidan de su alma! Muchos de ellos, que quizás están llenos de belleza corporal, de juventud, de dinero y de gran prestigio social, los veríamos como monstruos repugnantes por dentro. Por el contrario, otros, que no tienen bella apariencia, que son ancianos, pobres, enfermos o con defectos físicos, los veríamos brillantes y hermosos interiormente.

Hay una novela famosa, titulada “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde. En esta novela se presenta la vida de un tal Dorian Gray, que era un joven bellísimo, enamorado de su propia belleza y quiere ser eternamente joven para poder disfrutar de las delicias y placeres de la vida y de la admiración de los demás. Un día le hacen un retrato en la plenitud de su belleza. Y él se pone triste, pensando que irá envejeciendo poco a poco hasta llegar a ser un viejo feo y torpe. Y exclama con la ceguera de su soberbia: “La juventud es lo único que vale. Cuando note que envejezco, me mataré. ¡Oh, si pudiera el retrato envejecer y yo permanecer siempre como soy ahora! ¡Por permanecer siempre joven, yo lo daría todo, hasta mi propia alma!”.

Y el destino le concede este deseo de permanecer siempre con su cuerpo joven y bello, mientras que el retrato va envejeciendo y manifestando el estado de su alma. Y mientras él se dedica a toda clase de placeres e, incluso, se vuelve un asesino, su cuerpo permanece intacto, pero el retrato va envejeciendo expresando la fealdad de su alma. Cada pecado que va cometiendo, va pintándose en su rostro hasta con sangre. El retrato era como un espejo mágico, que expresaba su edad y el estado de su alma.

A tal grado llegó de corrupción que “la putrefacción de un cadáver en una tumba húmeda no era tan horrenda”. Hasta que un día quiso hacer desaparecer la prueba del horroroso estado de su alma putrefacta y quiso liberarse de aquel retrato, que lo acusaba de sus pecados, para así sentirse libre de sus acusaciones. “Cogió un cuchillo y apuñaló el retrato… Cuando lo encontraron muerto, estaba con un cuchillo en el corazón. Estaba ajado y lleno de arrugas y su cara era repugnante”.

La pureza del alma es belleza. San Pablo habla de la pureza virginal como de algo bello y noble (1 Co 7,35). Es bello el matrimonio, cuando hay amor sincero. Es bella la virginidad del soltero, que sabe esperar por amor a Dios hasta el matrimonio. Es bella la castidad en cualquier estado de la vida. La pureza es una obra de arte de Dios en el alma. Y el mundo necesita almas bellas. Por eso, Pablo VI decía: “Este mundo en que vivimos tiene necesidad de belleza para no sumergirse en la desesperación”. Y Dostoievski afirma: “La belleza salvará al mundo”.

San Agustín pregunta: “¿de qué modos seremos bellos? Amando al que es siempre bello. Cuanto más crece en ti el amor, tanto más crecerá tu belleza” (In epist Jo ad parthos tr 10; PL XXXV, IX, 9). El amor verdadero no puede menos de sentirse atraído por la belleza divina, Dios es Belleza. Por eso, amar significa participar en alguna medida de la belleza y pureza de Dios.

Para conservar, cuidar y crecer en esta belleza del alma necesitamos de la Eucaristía, pues Cristo es el modelo de belleza y pureza.

Esta Eucaristía exige la pureza corporal, sí, pues nuestro cuerpo, donde albergaremos a Cristo en la comunión, es templo del Espíritu Santo. Pero exige mucho más la pureza interior, la del corazón, la de la intención.

Será la Eucaristía la que nos dará la fuerza y será remedio para vencer todo tipo de tentaciones de impureza, pues recibiendo el Pan de los ángeles tendremos los músculos del alma resistentes y firmes.

Será la Eucaristía la que irá purificando todo nuestro ser hasta que Cristo piense y ame en nosotros.

Y será la Eucaristía la que nos hará inmortales, como decía san Ignacio de Antiquía. Estas son sus palabras: «No hallo placer en la comida de corrupción ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, de la semilla de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible. Reuníos en una sola fe y en Jesucristo. Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo».


EUCARISTÍA Y HUMILDAD

Para este mes de Mayo, dedicado a María, “la esclava del Señor”, os propongo un buen tema para leer y reflexionar: ¡La Eucaristía!, misterio insondable de amor, de entrega y donación a quien se acerca con humildad a él. La humildad es el camino por el que tendremos fácil acceso a todos los misterios de Dios, ya que solo a los “humildes” Dios les revela sus secretos.

La Eucaristía, que aparentemente es “nada”, es el gran don que Dios hace a los que con corazón sencillo se acercan, aunque “no sean dignos de que entre en su casa”.

¿Qué es la humildad?

La humildad es la virtud que modera el apetito que tenemos de la propia excelencia, del propio valer.  Es una virtud que nos lleva a reconocer la grandeza de Dios y, al mismo tiempo, al conocimiento exacto de nosotros mismos, procurando para nosotros la oscuridad y el justo aprecio por amor a Cristo.

Es una virtud que no conocieron los paganos griegos o romanos ni las grandes civilizaciones antes del Cristianismo. Ellos –los grecolatinos- buscaban siempre la excelencia en todo, y para ello usaban de todas las tretas, sean lícitas y buenas, o no tan buenas. No sabían reconocer sus límites ni sus defectos. Es más, buscaban inmortalizar su gloria y su honor, que buscaban con frenesí. Para ellos, la humildad era un defecto, una debilidad.

La humildad la trajo Jesús del cielo, pues no se encontraba entre los mortales. Y la trajo, encarnándola Él mismo en su ser. Él es la Humildad misma.

Para nosotros, ¿qué es la humildad?

La humildad es una virtud que sabe reconocer lo bueno que hay en nosotros, para agradecer a Dios de quien viene todo lo bueno que somos y tenemos, sin apropiarnos nada. Sabe reconocer los propios límites y defectos, no para desanimarse, sino para superarlos con la ayuda de Dios.

Por ejemplo, ¿qué diríais de aquél que alaba un cuadro? ¿A quién debería alabar: al cuadro o al pintor de ese cuadro? “No niegues tus cualidades ni los éxitos que logres. El Señor se sirve de ti, lo mismo que el artista utiliza un pincel barato” [1].

La humildad es una virtud que sabe abajarse para servir a los demás, a quienes aprecia e incluso considera mejor que él mismo. Es más, se alegra que los demás sean más amados, preferidos, consultados, alabados que él.

¿Qué relación hay entre Eucaristía y humildad?

La Eucaristía es el sacramento del abajamiento, del ocultamiento. Más no podía bajar Dios. Él, que podría manifestarse en el esplendor de su gloria divina, se hace presente del modo más humilde. Se pone al servicio de la humanidad, siendo Él el Señor.

No se consideró más que los demás, no vino a despreciar a nadie, no vino a hacer sombra a nadie, no vino a desplazar a nadie, no vino a considerarse el mejor, el más santo, el más perfecto.

Se hace el más humilde de todos. El pan es la comida del humilde y del pobre. Es un pan que se da, se parte, se comparte, se reparte. ¡Cuántos gestos de amor humilde!

Jesús Eucaristía está aquí escondido, aún más que en el pesebre, aún más que en el calvario. En el pesebre y en la cruz se escondía solo la divinidad, aquí en la eucaristía también esconde la humanidad. Y sin embargo, desde el fondo del Tabernáculo es la causa primera y principal de todo el bien que se hace en el mundo. Él inspira, conforta, consuela a los misioneros, a los mártires, a las vírgenes. Él quiere estar escondido y hacer el bien a escondidas, en silencio, sin llamar la atención.

¿Y cuántas afrentas e insultos, profanaciones, distracciones, soledad, desatenciones, no recibe este Sacramento del amor? Y en vez de quejarse, protestar, cerrar su Sagrario, dice “Venid a Mí . . . todos”.

¡Cuántas veces vamos a comulgar no con las debidas disposiciones, ni con el fervor que deberíamos, ni con la atención suficiente! Y no sé cuántos de los que comulgan en la mano la tienen limpia, aseada, y hacen de su mano realmente un verdadero trono decente y puro para recibir al Señor. ¡Hasta ahí se rebaja! Podemos hacer con Él lo que queramos. No se resiste, no se altera, no echa en cara. Todo lo aguanta, lo tolera.

¿Cuál es el compromiso que adquirimos al comulgar, al acercarnos y vivir la Eucaristía? Ser humildes. Quien comulga a Cristo Eucaristía se hace fuerte para vivir esta virtud difícil y recia, la humildad.

La humildad es la llave que nos abre los tesoros de la gracia. “A los humildes Dios da su gracia”, nos dice san Pedro en su primera carta. A los soberbios Dios los resiste, pues éstos buscan solo su provecho. Dios, a los humildes les da a conocer los misterios, a los soberbios se los oculta.

La humildad es el fundamento de todas las virtudes. Sin la humildad, las demás virtudes quedan flojas, endebles. Y se caen, tarde o temprano.

La humildad es el nuevo orden de cosas que trajo Jesús a la tierra. “Los más grandes son los que sirven, los más altos son los que se abajan”.

Pregunta San Agustín: “¿Quieres ser grande? Comienza por hacerte pequeño. ¿Piensas construir un edificio de colosal altura? Dedícate primero al cimiento bajo. Y cuanto más elevado sea el edificio que quieras levantar, tanto más honda debes preparar su base. Los edificios antes de llegar a las alturas se humillan”.

La humildad consiste esencialmente en la conciencia del puesto que ocupamos frente a Dios y a los hombres, y en la sabia moderación de nuestros deseos de gloria.

La humildad no nos prohíbe tener conciencia de los talentos recibidos, ni disfrutarlos plenamente con corazón recto; sólo nos prohíbe el desorden de jactarnos de ellos y presumir de nosotros mismos. Todo lo bueno que existe en nosotros, pertenece a Dios.

Que la Eucaristía nos ayude a ser cada día más humildes.


 

¡Que distinta la misa cuando se vive de esta manera!

Cada uno con “sus caunadas”: unos mejores que otros; unos más inteligentes que otros; quienes saben rezar mejor, cantar mejor; más generosos que los demás. Y, cuando se unen para celebrar el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, que eso es la misa, nadie se distingue, ni diferencia. Cristo nos amasa para que, al terminar, salgamos como hombres nuevos, revitalizados, hechos una misma realidad con El.

Espero que a todos nos ayude este artículo.

EUCARISTÍA UNIÓN Y SOLIDARIDAD     (MES DE ABRIL)

¿Cuántos granos de trigo se esconden detrás de ese pan que traemos para que sea consagrado y convertido en el Cuerpo de Jesús? ¿Cuántos sudores y fatigas se esconden detrás de ese pan ya blanco? El que sembró el grano, el que lo regó, lo escardó, lo limpió, lo segó, lo llevó al molino, lo molió, lo volvió a limpiar, lo preparó, lo metió en el horno, lo hizo cocer. ¡Cuántas fatigas, cuántas manos solidarias para hacer posible ese pan que se convertirá en el Cuerpo Sacratísimo de Jesús!

La Eucaristía invoca la unión solidaria de manos que se unen en su esfuerzo para hacer posible ese pan.

¿Cuántos racimos de uvas se esconden detrás de ese poco de vino que acercamos al altar para que sea consagrado y convertido en la Sangre de Jesús? ¿Cuántos sudores y fatigas se esconden detrás de esos racimos de uva que producen vino suave, dulce, oloroso, consistente, espeso? El que injertó la parra, limpió los sarmientos, vendimió, los pisó en el lagar, esperó pacientemente la fermentación, la conversión del mosto en vino, con todo lo que esto supuso. ¡Cuántas fatigas, cuántas manos solidarias, y cuántos pies pisaron esos racimos para hacer posible ese vino que se convertirá en la Sangre Preciosísima de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía.

Manos juntas, manos solidarias, manos unidas que hacen posible la realidad del pan y del vino. Sudores y trabajos, soles tostadores, fríos inclementes. Pero al fin pan y vino para la mesa del altar, que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

¿ Qué relación hay, pues, entre Eucaristía y la unión solidaria?

En la Eucaristía sucede también lo mismo. Todos venimos a la Eucaristía, a la santa Misa, y traemos nuestros granos de trigo y nuestros racimos de uva, que son nuestras ilusiones, fatigas, proyectos, problemas, pruebas, sufrimientos. Y todo eso lo colocamos, unidos, en la patena que sería como el molino que tritura y une los granos de trigo de diferentes espigas o como la prensa que exprime esos racimos de parras distintas. Juntos hacemos la Eucaristía. Sin la aportación de todos, no se hace el pan y el vino que necesitamos para la Eucaristía. Como tampoco, sin la unión de esos granos se obtiene ese pan, o sin la unión de esos racimos se obtiene ese vino.

Por eso la Eucaristía nos tiene que comprometer a vivir esa unión solidaria entre todos los hermanos que venimos a la Eucaristía. No trae cada quien su propio pedazo de pan y sus racimitos para comérselos a solas. Sólo si juntamos los pedazos de pan y los racimos de los demás hermanos, se hará posible el milagro de la Eucaristía en nuestra vida.

Esto supondrá prescindir ya sea de nuestra altanería presumida “he traído el mejor pedazo de pan y el mejor racimo de uva, ¡que se me reconozca!”. ¡Es ridícula esa actitud!

Pero también debemos prescindir de ese pesimismo depresivo: “mi pedazo de pan es el más pequeño y mi racimo el más minúsculo y raquítico, ¿para qué sirve?”. ¡Ni aquella ni esta actitud es la que Cristo quiere, cuando venimos a la Eucaristía!,  sino la de unir y compartir lo que uno tiene y es, con generosidad, con desprendimiento, con alegría.

El niño traerá a la Eucaristía su inocencia y su mundo de ensueño y de juguetes, sus amigos, papás y maestros. El adolescente traerá a la Eucaristía sus rebeliones, sus dudas, sus complejos. El joven traerá a la Eucaristía sus ansias de amar y ser amado, tal vez su desconcierto, sus luchas en la vida, sus tropiezos, su fe tal vez rota.

Esa pareja de casados traerá sus alegrías y tristezas, sus crisis y desajustes propios del matrimonio. Esos ancianos traerán el otoño de su vida ya agotada, pero también dorada. Esos enfermos traerán su queja en los labios, pero hecha oración. Esos ricos, sus deseos sinceros de compartir su riqueza. Esos pobres, su paciencia, su abandono en la Providencia. Ese obispo, sacerdote, misionero, religiosa, sus deseos de salvar almas, sus éxitos y fracasos, su anhelo de darse totalmente a Cristo en el prójimo.

Y todo se hará uno en la Eucaristía. Todo servirá para dorar ese pan que recibiremos y para templar ese vino.

Si vinimos con todo lo que somos y traemos, podemos participar de esa Eucaristía que se está realizando en cualquier lugar del planeta y saborear nosotros también los frutos suculentos y espirituales de esa eucaristía. Y al mismo tiempo, haremos participar de lo nuestro a otros, que se beneficiarán de nuestra entrega y generosidad en la Eucaristía.

Invitemos a María a nuestro Banquete. Ella trae también una vez más su mejor pan y su mejor vino: la disponibilidad de su fe y de su entrega, para que vuelva a realizarse una vez más, hoy, aquí, el mejor milagro del mundo: la venida de su Hijo Jesús a los altares, que Ella nos entrega envuelto en unos pañales muy sencillos y humildes, un poco de pan y unas gotas de vino.

María, ¡gracias por darnos a tu Hijo de nuevo en cada Misa!

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EUCARISTIA Y COMPROMISO DE CARIDAD

En este mes de marzo, en plena Cuaresma, viene bien escudriñar si nuestras eucaristías provocan el compromiso de ejercer la caridad con los demás. En estos días primeros de Cuaresma se nos ha insistido que el ayuno que le gusta al Señor no es la privación de cosas, si darse al necesitado, partir tu tiempo con el hermano, etc.

Sirva este tema para que meditemos profundamente qué sentido estamos dando a nuestra Cuaresma.

 

La Eucaristía tiene que ser fuente de caridad para con nuestros hermanos. Es decir, la Eucaristía nos tiene que lanzar a todos a practicar la caridad con nuestros hermanos. Y esto por varios motivos.

¿Cuándo nos mandó Jesús “amaos los unos a los otros”, es decir, cuándo nos dejó su mandamiento nuevo, en qué contexto? En la Última Cena, cuando nos estaba dejando la Eucaristía. Por tanto, tiene que haber una estrecha relación entre Eucaristía y el compromiso de caridad.

En ese ámbito cálido del Cenáculo, mientras estaban cenando en intimidad y Jesús sacó de su corazón este hermoso regalo de la Eucaristía, en ese ambiente fue cuando Jesús nos pidió amarnos. Esto quiere decir que la Eucaristía nos une en fraternidad, nos congrega en una misma familia donde tiene que reinar la caridad.

Hay otro motivo de unión entre Eucaristía y caridad. ¿Qué nos pide Jesús antes de poner nuestra ofrenda sobre el altar, es decir, antes de venir a la Eucaristía y comulgar el Cuerpo del Señor? “Si te acuerdas allí mismo que tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda, ante el altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).

Esto nos habla de la seriedad y la disposición interior con las que tenemos que acercarnos a la Eucaristía. Con un corazón limpio, perdonador, lleno de misericordia y caridad. Aquí entra todo el campo de las injusticias, atropellos, calumnias, maltratos, rencores, malquerencias, resquemores, odios, murmuraciones. Antes de acercarnos a la Eucaristía tenemos que limpiarnos interiormente en la confesión. Asegurarnos que nuestro corazón no debe nada a nadie en todos los sentidos.

En este motivo hay algo más que llama la atención. Jesús nos dice que aún en el caso en que el otro tuviera toda la culpa del desacuerdo, soy yo quien debo emprender el proceso de reconciliación. Es decir, soy yo quien debo acercarme para ofrecerle mi perdón.

¿Por qué este motivo?

Mi ofrenda, la ofrenda que cada uno de nosotros debe presentar en cada misa (peticiones, intenciones, problemas, preocupaciones, etc.) no tendría valor a los ojos de Dios, no la escucharía Dios si es presentada con un corazón torcido, impuro, resentido, lleno de odio.

Ahora bien, si presentamos la ofrenda teniendo en el corazón esta voluntad de armonía, será aceptada por Dios como la ofrenda de Abel y no la de Caín. Éste era agricultor, y le ofrecía a Dios su ofrenda con corazón desviado y lleno de envidia y resentimiento al ver que su hermano Abel era más generoso y agradable a Dios, pues le presentaba generosamente las primicias de su ganado, lo mejor que tenía.

Y hay otro motivo de unión entre Eucaristía y compromiso de caridad. En el discurso escatológico –Mateo capítulo 25-, es decir cuando Jesús habló de las realidades últimas de nuestra vida: muerte, juicio, infierno y cielo, habló muy claro de nuestro compromiso con los más pobres. “Lo que hagáis a uno de esos mis hermanos menores, a Mí lo hacéis”.

Jesús en la Eucaristía nos dice “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”. Y aquí, en este discurso solemne, nos pide que ese cuerpo se iguale con el prójimo más pobre, y por eso mismo es un cuerpo de Jesús necesitado que tenemos que alimentar, saciar, vestir, cuidar, respetar, socorrer, proteger, instruir, aconsejar, perdonar, limpiar, atender.

San Juan Crisóstomo tiene unas palabras impresionantes: “¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que Él esté desnudo y no lo honres sólo en la Iglesia con telas de seda, para después tolerar, fuera de aquí, que ese mismo cuerpo muera de frío y de desnudez”

Él que ha dicho “Esto es mi cuerpo”, ha dicho también “me habéis visto con hambre y no me habéis dado de comer” “lo que no habéis hecho a uno de estos pequeños, no me lo habéis hecho a Mí”.

Te dejo unas líneas para tu reflexión: “Pasé hambre por ti, y ahora la padezco otra vez. Tuve sed por ti en la Cruz y ahora me abrasa en los labios de mis pobres, para que, por aquella o por esta sed, traerte a mí y por tu bien hacerte caritativo. Por los mil beneficios de que te he colmado, ¡dame algo!…No te digo: arréglame mi vida y sácame de la miseria, entrégame tus bienes, aun cuando yo me vea pobre por tu amor. Sólo te imploro pan y vestido y un poco de alivio para mi hambre. Estoy preso. No te ruego que me libres. Sólo quiero que, por tu propio bien, me hagas una visita. Con eso me bastará y por eso te regalaré el cielo. Yo te libré a ti de una prisión mil veces más dura. Pero me contento con que me vengas a ver de cuando en cuando. Pudiera, es verdad, darte tu corona sin nada de esto, pero quiero estarte agradecido y que vengas después de recibir tu premio confiadamente. Por eso, yo, que puedo alimentarme por mí mismo, prefiero dar vueltas a tu alrededor, pidiendo, y extender mi mano a tu puerta. Mi amor llegó a tanto que quiero que tú me alimentes. Por eso prefiero, como amigo, tu mesa; de eso me glorío y te muestro ante todo el mundo como mi bienhechor” (San Juan Crisóstomo, Homilía 15 sobre la epístola a los Romanos)

Estas palabras son muy profundas. Este cuerpo de Cristo en la Eucaristía se iguala, se identifica con el cuerpo necesitado de nuestros hermanos. Y si nos acercamos con devoción y respeto al cuerpo de Cristo en la Eucaristía, mucho más debemos acercarnos a ese cuerpo de Cristo que está detrás de cada uno de nuestros hermanos más necesitados.

Quiera el Señor que comprendamos y vivamos este gran compromiso de la caridad para que así la Eucaristía se haga vida de nuestra vida.

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Siguiendo con nuestros encuentros de esta página de la parroquia, hoy os propongo este aspecto: EUCARISTIA y ESPERANZA. Verdaderamente claro, que debe animar a valorar ese “tesoro de la EUCARISTIA”, que es el título que llevan las consideraciones del P. Rivero. Como siempre, espero que os ayude a todos los lectores de esta página.

D. José Millán Parroco de Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Edith Stein.

  EUCARISTIA Y ESPERANZA

Hoy se está perdiendo mucho la esperanza, esa virtud que nos da alegría, optimismo, ánimo, que nos hace tender la vista hacia el cielo, donde se realizarán todas las promesas. La esperanza es la virtud del caminante.

¡La esperanza!

La esperanza causa en nosotros el deseo del cielo y de la posesión de Dios. Pero el deseo comunica al alma el ansia, el impulso, el ardor necesario para aspirar a ese bien deseado y sostiene las energías hasta que alcanzamos lo que deseamos.

Además acrecienta nuestras fuerzas con la consideración del premio que excederá con mucho a nuestros trabajos. Si las gentes trabajan con tanto ardor para conseguir riquezas que mueren y perecen; si los atletas se obligan voluntariamente a practicar ejercicios tan trabajosos de entrenamiento, si hacen desesperados esfuerzos para alcanzar una medalla o corona corruptible, ¿cuánto más no deberíamos trabajar y sufrir nosotros por algo inmortal?

La esperanza nos da el ánimo y la constancia que aseguran el triunfo. Así como no hay cosa que más desaliente que el luchar sin esperanza de conseguir la victoria, tampoco hay cosa que multiplique las fuerzas tanto como la seguridad del triunfo. Esta certeza nos da la esperanza.

Esta esperanza es atacada por dos enemigos:

  •  Presunción: consiste en esperar de Dios el Cielo y todas las gracias necesarias para llegar a Él sin poner de nuestra parte los medios que nos ha mandado. Se dice “Dios es demasiado bueno para condenarme” y descuidamos el cumplimiento de los Mandamientos. Olvidamos que además de bueno, es serio, justo y santo. Presumimos también de nuestras propias fuerzas, por soberbia, y nos ponemos en medio de los peligros y ocasiones de pecado. Sí, el Señor nos promete la victoria, pero con la condición de velar y orar y poner todos los medios de nuestra parte.
  • Desaliento y desesperación: Harto tentados y a veces vencidos en la lucha, o atormentados por los escrúpulos, algunos se desaniman, y piensan que jamás podrán enmendarse y comienzan a desesperar de su salvación. “Yo ya no puedo”.

La esperanza es una de las características de la Iglesia, como pueblo de Dios que camina hacia la Jerusalén celestial. Todo el Antiguo Testamento está centrado en la espera del Mesías. Vivían en continua espera. ¡Cuántas frases podríamos entresacar de la Biblia! “Dichoso el que confía en el Señor, y cuya esperanza es el Señor…Dios mío confío en Ti…No dejes confundida mi esperanza…Tú eres mi esperanza, Tú eres mi refugio, en tu Palabra espero…No quedará frustrada la esperanza del necesitado…Mi alma espera en el Señor, como el centinela la aurora”.

También el Nuevo Testamento es un mensaje de esperanza. Cristo mismo es nuestra esperanza. Él es la garantía plena para alcanzar los bienes prometidos. La promesa que Él nos hizo fue ésta “quien me coma vivirá para siempre, tendrá la Vida Eterna”.

¿Cómo unir esperanza y Eucaristía?

La Eucaristía es un adelanto de esos bienes del cielo, que poseeremos después de esta vida, pues la Eucaristía es el Pan bajado del cielo. No esperó a nuestra ansia, Él bajó. No esperó a nuestro deseo, Él bajó a satisfacerlo ya. Es verdad que en el Cielo quedaremos saciados completamente.

La Eucaristía se nos da para fortalecer nuestra esperanza, para despertar nuestro recuerdo, para acompañar nuestra soledad, para socorrer nuestras necesidades y como testimonio de nuestra salvación y de las promesas contenidas en el Nuevo Testamento.

Mientras haya una iglesia abierta con el Santísimo, hay ilusión, amistad. Mientras haya un sacerdote que celebre misa, la esperanza sigue viva. Mientras haya una Hostia que brille en la custodia, todavía Dios mira a esta tierra. Y esto nos da esperanza en la vida.

Dijimos que los dos grandes errores contra la esperanza son la presunción y la desesperación. A estos dos errores responde también la Eucaristía.

¿Qué tiene que decir la Eucaristía a la presunción?

“Sin mi Pan, no podrás caminar, sin mi fuerza no podrás hacer el bien, sin mi sostén caerás en los lazos de engaños del enemigo. Tú decías que podías todo. ¿Seguro? ¿Cómo podrías hacer el bien sin Mí, que soy el Bien supremo? Y a Mí se me recibe en la Eucaristía. ¿Cómo podrías adquirir las virtudes tú solo, sin Mí, que doy el empuje a la santidad? Quien come mi carne irá raudo y veloz por el camino de la santidad”.

¿Y qué tiene que decir la Eucaristía a la desesperación?

“¿Por qué desesperas, si estoy a tu lado como Amigo, Compañero? ¿Por qué desesperas si Yo estaré contigo hasta el fin de los tiempos? ¿Por qué desesperas a causa de tus males y desgracias,  si yo te daré la fuerza para superarlos?”.

El cardenal Nguyen van Thuan, obispo que pasó trece años en las cárceles del Vietnam, nueve de ellos en régimen de aislamiento, nos cuenta su experiencia de la Eucaristía en la cárcel. De ella sacaba la fuerza de su esperanza.

Estas son sus palabras: “He pasado nueve años aislado. Durante ese tiempo celebro la misa todos los días hacia las tres de la tarde, la hora en que Jesús estaba agonizando en el cruz. Estoy solo, puedo cantar mi misa como quiera, en latín, francés, vietnamita…Llevo siempre conmigo la bolsita que contiene el Santísimo Sacramento: “Tú en mí, y yo en Ti”. Han sido las misas más bellas de mi vida. Por la noche, entre las nueve y las diez, realizo una hora de adoración…a pesar del ruido del altavoz que dura desde las cinco de la mañana hasta las once y media de la noche. Siento una singular paz de espíritu y de corazón, el gozo y la serenidad de la compañía de Jesús, de María y de José”.

Y le eleva esta oración hermosa a Dios: “Amadísimo Jesús, esta noche, en el fondo de mi celda, sin luz, sin ventana, calentísima, pienso con intensa nostalgia en mi vida pastoral. Ocho años de obispo, en esa residencia a sólo dos kilómetros de mi celda de prisión, en la misma calle, en la misma playa…Oigo las olas del Pacífico, las campanas de la catedral. Antes celebraba con patena y cáliz dorados; ahora tu sangre está en la palma de mi mano. Antes recorría el mundo dando conferencias y reuniones; ahora estoy recluido en una celda estrecha, sin ventana. Antes iba a visitarte al Sagrario; ahora te llevo conmigo, día y noche, en mi bolsillo. Antes celebraba la misa ante miles de fieles; ahora, en la oscuridad de la noche, dando la comunión por debajo de los mosquiteros. Antes predicaba ejercicios espirituales a sacerdotes, a religiosos, a laicos…; ahora un sacerdote, también él prisionero, me predica los Ejercicios de san Ignacio a través de las grietas de la madera. Antes daba la bendición solemne con el Santísimo en la catedral; ahora hago la adoración eucarística cada noche a las nueve, en silencio, cantando en voz baja el Tantum Ergo, la Salve Regina, y concluyendo con esta breve oración: “Señor, ahora soy feliz de aceptar todo de tus manos: todas las tristezas, los sufrimientos, las angustias, hasta mi misma muerte. Amén.


Carta de D. José Millán Parroco de Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Edith Stein.

Me ha parecido interesante dar a conocer lo que el P. Antonio Rivero ha plasmado en su escrito sobre la EUCARISTIA. Me propongo incluirlo en la web de la parroquia para que pueda servir, a todos los que accedais a ella, de meditación, reflexión, estudio o como cada uno desee.

Mi intención es presentar uno cada mes. Así tendréis tiempo de saborearlo y disfrutarlo.

Sirvan sus primeras palabras de presentación para que vayamos creando ambiente y “calentando motores”,.

Empezar el Año con este tema del P. Rivero, nos viene bien a todos para que valoremos el gran regalo que es la EUCARISTIA. No es oro, incienso y mirra, como el que ofrecieron los Magos de Oriente. Es el gran don que Dios nos hace, dándonos a su propio Hijo. Leedlo con atención.

Eucaristía y caridad

También la Eucaristía es un gesto de amor. Es más, es el gesto de amor más sublime que nos dejó Jesús aquí en la tierra. A la Eucaristía se la ha llamado “el Sacramento del amor” por antonomasia.

¿Qué le movió a quedarse con nosotros? ¿Qué le movió a darnos su Cuerpo? ¿Qué le movió a hacerse pan tan sencillo? ¿A encerrarse en esa cárcel, que es cada Sagrario? ¿A dejar el Cielo, tranquilo y limpio, y bajar a la tierra, que es un valle de lágrimas y sufrimientos sin fin? ¿A dejar el calor de su Padre Celestial y venir a esta tierra tibia, a veces gélida, y experimentar la soledad en tantos Sagrarios? ¿despojarse de sus privilegios divinos y dejarlos a un lado para revestirse de ropaje humilde, sencillo, pobre, como es el ropaje del pan y vino?

¿Qué modelos humanos nos sirven para explicar el misterio de la Eucaristía como gesto de amor?

Veamos el ejemplo de una madre. Primero, alimenta a su hijo en su seno, con su sangre, durante esos nueve meses de embarazo. Luego, ya nacido, le da el pecho. ¿Han visto ustedes algo más conmovedor, más lindo, más tierno, más amoroso que una madre amamantando a su propio hijo de sus mismos pechos, dándole su misma vida, su mismo ser?

Así como una madre alimenta a su propio hijo con su misma vida, de su mismo cuerpo y con su misma sangre, así también Dios nos alimenta con el Cuerpo y la Sangre de su mismo Hijo Jesucristo, para que tengamos vida de Dios, y la tengamos en abundancia. Y al igual que esa madre no se ahorra nada al amamantar a su hijo, así también Dios no se ahorra nada y nos da todo: cuerpo, alma, sangre y divinidad de su Hijo en la Eucaristía.

¡El amor es entrega y donación! Y en la Eucaristía, Dios se entrega y se dona completamente a nosotros.

¡Cuántos gestos de amor nos demuestra Cristo en la Eucaristía!

Fuimos invitados al banquete: “Vengan, está todo preparado. El Rey ha mandado matar el mejor cordero que tenía. Vengan y entren”. Cuando a uno lo invitan a una boda, a una fiesta, a un banquete, es por un gesto de amor.

Ya en el banquete, formamos una comunidad, una familia, donde reina un clima de cordialidad, de acogida. No estamos aislados, ni en compartimentos estancos. Nos vemos, nos saludamos, nos deseamos la paz. ¡Es el gesto del amor fraterno!

El gesto de limpiarnos y purificarnos antes de comenzar el banquete, con el acto penitencial: “Yo confieso”, pone de manifiesto que el Señor lava nuestra alma y nuestro corazón, como a los suyos les lavó los pies. ¡Qué amor delicado!

Después, en la liturgia de la Palabra, Dios nos explica su Palabra. Se da su tiempo de charla amena, seria, provechosa y enriquecedora. Es como si Dios nos sentara sobre sus rodillas y nos hablase al corazón. ¡Qué amor atento!

Más tarde, en el momento de la presentación de las ofrendas, Dios nos acepta lo poco que nosotros hemos traído al banquete: ese trozo de pan y esas gotitas de vino y ese poco de agua. El resto lo pone Él. ¡Que amor generoso!

Nos introduce a la intimidad de la consagración, donde se realiza la suprema locura de amor: manda su Espíritu para transformar ese pan y ese vino en el Cuerpo y Sangre de su Hijo. Y se queda ahí para nosotros real y sacramentalmente, bajo las especies del pan y del vino. ¡Pero es Él! ¡Qué amor omnipotente, qué amor humilde!

No tiene reparos en quedarse reducido a esas simples dimensiones. Y baja para todos, en todos los lugares y continentes, en todas las estaciones. Independientemente de que se le espere o no, que se le anhele o no, que se le vaya a corresponder o no. El amor no se mide, no calcula. El amor se da, se ofrece.

Y, finalmente, en el momento de la Comunión se hospeda en nuestra alma y se hace uno con nosotros. No es Él quien se transforma en nosotros; sino nosotros en Él. ¡Qué misterio de amor! ¡Qué diálogos de amor podemos entablar con Él!

Enero 2017


Dice el P. Rivero:

“El tema de la Eucaristía me entusiasma, porque es el centro de nuestra fe católica. Es la fuente de donde brota toda la vida de la Iglesia, porque no sólo se nos comunica la gracia –como en todos los sacramentos- sino porque se nos comunica al Autor de la gracia. Y es al mismo tiempo, culmen y ápice de la vida cristiana, porque la Eucaristía es como la consumación de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos.

La Iglesia vive de la Eucaristía y para la Eucaristía. En la Eucaristía está todo el bien de la Iglesia.

La Eucaristía ilumina nuestra vida y nuestro caminar hacia Dios. Y es, al mismo tiempo, presencia amorosa, real y verdadera de Dios, que nos alimenta, nos  consuela y fortalece. 

Deseo que mis líneas ayuden a saborear y a sopesar este tesoro que Cristo nos dejó en la Última Cena. 

Sólo en el Cielo valoraremos en su justa medida lo que significó este admirable sacramente”.

                   TEMA II        

¿Por qué llamamos a la Eucaristía “Misterio de Fe”?

Porque la Eucaristía requiere y presupone la fe.

Se nos dice que es Cristo quien celebra la Eucaristía, y vemos a un hombre –el sacerdote- subir las gradas del altar, y oímos una voz humana, y vemos un rostro humano y unas facciones humanas. ¡Qué fe!

Se nos dice que asistimos místicamente al Calvario, al Viernes Santo, y vemos unas paredes frías, unos bancos o sillas, que se encuentran en nuestra parroquia. ¡Qué fe!

Se nos dice que Dios nos habla en las lecturas, y escuchamos una voz humana, a veces femenina, a veces masculina, que lee la Palabra de Dios contenida en la Biblia. ¡Qué fe!

Se nos dice que todos los ángeles asisten absortos y comparten nuestra misa, alrededor del altar, y nosotros sólo vemos unas velas, un mantel y unos monaguillos, y gente de carne y hueso. ¿Dónde se han escondido los ángeles? ¡Qué fe!

Se nos dice que Dios está real y sacramentalmente ahí presente, bajo las especies del pan y vino, y nuestros ojos no ven nada, sólo oímos una voz humana, a veces entrecortada por sollozos o por algún ruido de niños. ¡Qué fe!

Se nos dice que, después de la consagración, ese trozo de pan que vemos es el Cuerpo de Cristo, y nos sabe a pan, y sólo a pan, y vemos pan, sólo pan.  Y sin embargo, ¡es verdaderamente el Cuerpo de Cristo! ¡Qué fe!

Se nos dice que somos una comunidad de hermanos, y vemos a veces a gente extraña, que ni siquiera conocemos y con la que no siempre estamos en plena comunión, y eso que son nuestros hermanos. ¡Qué fe!

Se nos dice que la Misa termina en misión, y resulta que yo termino igual, vuelvo a casa a hacer lo mismo de siempre, a la rutina de siempre, a las penas de siempre, a los sufrimientos de siempre.

Sí, la Eucaristía es un misterio de fe. Y sólo quien tiene fe, podrá entrar en esa tercera dimensión que se requiere para vivirla y disfrutarla.¿Cómo preparó Cristo a sus discípulos para la Eucaristía, misterio de fe?

Primero en Cafarnaum les hizo la promesa. Después en Jerusalén, en el Cenáculo, la institución. Allí hizo realidad la gran promesa.

Lo veían día a día entregado a los demás. Se hacía pan tierno para los niños, consuelo para los tristes, consejo para los suyos, médico para los enfermos. Jesús vivía a diario las exigencias de la Eucaristía. Donación y banquete que alimenta, sacrificio que se ofrece, presencia que consuela.

La Eucaristía no son ideas bonitas, no son discursos demostrativos. Es un Pan que se ofrece, una Sangre que se derrama y limpia, una Presencia que conforta y consuela. Y esto fue Cristo durante su vida aquí, en la tierra, y hoy, en la Eucaristía, en cada Sagrario. Y, mañana, en el cielo.

Llegó el día de la gran promesa., que narra San Juan en el capítulo 6 de su evangelio: “Yo soy el Pan vivo; quien me come, vivirá. El pan que les daré es mi carne, para la vida del mundo”. Sonaba duro: comer su carne, beber su sangre, no estaban acostumbrados a ese lenguaje.

¿Cuál fue la repuesta de los oyentes?

La incredulidad. Muchos le abandonaron, les parecía un escándalo, les parecía una irracionalidad, les parecía un canibalismo. ¡Esto es insoportable! Este rechazo fue ciertamente una profunda desilusión para Jesús.

Miró a sus Apóstoles, esperando encontrar en ellos la fe, la adhesión, el afecto: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Jesús estaba dispuesto a dejarlos irse si no creían en la Eucaristía, que acababa de anunciarles. Es que no es posible seguir a Cristo sin creer en la Eucaristía.

Afortunadamente, la confesión de Pedro, en nombre de todos, permitió a los apóstoles continuar en el seguimiento del Maestro. Jesús siempre exigió la fe en la Eucaristía. Sólo con la fe y desde la fe, comulgando obtendremos los frutos que Él nos quiere dar. Si no, sólo recibimos un trozo de pan, pero sin ningún fruto espiritual para nuestra vida.

La Eucaristía requiere un impulso de fe siempre renovado. Hay que dar un gran salto, de lo visible a lo invisible. Esto se da en cada Sacramento. Ese salto es la fe.

Jesús pidió fe a sus primeros seguidores. ¿Acaso queréis iros? Renovemos nuestra fe cada vez que vivamos la Eucaristía. Señor, creemos, pero aumenta nuestra incredulidad. Creemos, pero queremos crecer en nuestra fe.

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TEMA  I

      LA EUCARISTIA Y LA LITURGIA

“Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es lugar sagrado”

Entremos con los pies descalzos y el alma extasiada al corazón de la liturgia: la Eucaristía. ¡Oh, admirable sacramento!

Nos dice Juan Pablo II: “Existen interrogantes que únicamente encuentran respuesta en un contacto personal con Cristo. Sólo en la intimidad con Él cada existencia cobra sentido, y puede llegar a experimentar la alegría que hizo exclamar a Pedro en el monte de la Transfiguración: “Maestro, ¡qué bien se está aquí!” (Lc 9, 33). Ante este anhelo de encuentro con Dios, la liturgia ofrece la respuesta más profunda y eficaz. Lo hace especialmente en la Eucaristía, en la que se nos permite unirnos al sacrificio de Cristo y alimentarnos de su cuerpo y su sangre” (Carta apostólica en el XL aniversario de la constitución sobre la sagrada Liturgia, n. 11 y 12).

Entremos, pues, y acerquémonos a esta zarza ardiente.

En el himno de Laudes de la Liturgia de las Horas de la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi, la Iglesia canta esta estupenda síntesis del Misterio Eucarístico: “Se nascens dedit socium, convescens in edulium, se moriens in pretium, se regnans dat in praemium”, que se traduce así: “Se dio, al nacer, como compañero; comiendo, se entregó como alimento; muriendo, se empeñó como rescate; reinando, como premio se nos brinda”.

¿Por qué Cristo se quedó en la Eucaristía?

Llevamos veinte siglos de cristianismo, por todas las latitudes, celebrando lo que Jesús encomendó a sus apóstoles en la noche de la Cena: “Haced esto en conmemoración mía”.

Es de tal profundidad y belleza la Eucaristía que en el transcurso de los tiempos a este misterio eucarístico se le ha llamado con varios nombres:

Fracción del pan, donde se parte, se reparte y se comparte el Pan del cielo, como alimento de inmortalidad.

  • Santo Sacrificio de la Misa, donde Cristo se sacrifica y muere para salvarnos y darnos vida a nosotros.
  • Eucaristía, porque es la acción de gracias por antonomasia que ofrece Jesús a su Padre celestial, en nombre nuestro y de toda la Iglesia.
  • Celebración Eucarística, porque celebramos en comunidad esta acción divina.
  • La Santa Misa, porque la Eucaristía acaba en envío, en misión, donde nos comprometemos a llevar a los demás esa salvación que hemos recibido.
  • Misterio Eucarístico, porque ante nuestros ojos se realiza el gran misterio de la fe.

 

Antes de empezar a hablar de este misterio hay que preguntarse el porqué de la eucaristía, por qué quiso Jesús instituir este sacramento admirable, por qué quiso quedarse entre nosotros, con nosotros, para nosotros, en nosotros; qué le movió a hacer este asombroso milagro al que no podemos ni debemos acostumbrarnos. ¡Oh, asombroso misterio de fe!

¿Por qué quiso Jesús hacer presente el sacrificio de la Cruz, como si no hubiera bastado para salvarnos ese Viernes Santo en que nos dio toda su sangre y nos consiguió todas las gracias necesarias para salvarnos?

La respuesta a esta pregunta sólo Jesús la sabe. Nosotros podemos solamente vislumbrar algunas intuiciones y atisbos.

Se quedó por amor excesivo a nosotros, diríamos por locura de amor. No quiso dejarnos solos, por eso se hizo nuestro compañero de camino. Nos vio con hambre espiritual, y Cristo se nos dio bajo la especie de pan que al tiempo que colma y calma, también abre el hambre de Dios, porque estimula el apetito para una vida nueva: la vida de Dios en nosotros. Nos vio tan desalentados, que quiso animarnos, como a Elías: “Levántate y come, porque todavía te queda mucho por caminar” (1 Re 19, 7). Pero ya no es pan sino el Cuerpo de Cristo.

Ante este regalo espléndido del Corazón de Jesús a la humanidad, sólo caben estas actitudes:

Agradecimiento profundo.

  • Admiración y asombro constantes.
  • Amor íntimo.
  • Ansias de recibirlo digna y frecuentemente.
  • Adoración continua.

La Eucaristía prolonga la Encarnación. Es más, la Eucaristía es la venida continua de Cristo sobre los altares del mundo. Y la Iglesia viene a ser como la cuna en la que María coloca a Jesús todos los días en cada misa y lo entrega a la adoración y contemplación de todos, envuelto ese Jesús en los pañales visibles del pan y del vino, pero que, después de la consagración, se convierten milagrosamente y por la fuerza del Espíritu Santo en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y así la Eucaristía llega a ser nuestro alimento de inmortalidad y nuestra fuerza y vigor espiritual.

 

Hace dos mil años lo entregó a la adoración de los pastores y de los reyes de Oriente. Hoy María lo entrega a la Iglesia en cada Eucaristía, en cada misa bajo unos pañales sumamente sencillos y humildes: pan y vino. ¡Así es Dios! ¿Pudo ser más asequible, más sencillo?

¿Cuál es el valor y la importancia de la Eucaristía?

La Eucaristía es la más sorprendente invención de Dios. Es una invención en la que se manifiesta la genialidad de una Sabiduría que es simultáneamente locura de Amor.

Admiramos la genialidad de muchos inventos humanos, en los que se reflejan cualidades excepcionales de inteligencia y habilidad: fax, correo electrónico, agenda electrónica, pararrayos, radio, televisión, video, etc.

Pues mucho más genial es la Eucaristía: que todo un Dios esté ahí realmente presente, bajo las especies de pan y vino; pero ya no es pan ni es vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¿No es esto sorprendente y admirable? Pero es posible, porque Dios es omnipotente. Y es genial, porque Dios es Amor.

La Eucaristía no es simplemente uno de los siete sacramentos. Y aunque no hace sombra ni al bautismo, ni a la confirmación, ni a la confesión, sin embargo, posee una excelencia única, pues no sólo se nos da la gracia sino al Autor de la gracia: Jesucristo.  Recibimos a Cristo mismo. ¿No es admirable y grandiosa y genial esta verdad?

¿Cómo no ser sorprendidos por las palabras “esto es Mi cuerpo, esta es Mi sangre”?  ¡Qué mayor realismo! ¿Cómo no sorprendernos al saber que es el mismo Creador el que alimenta, como divino pelícano, a sus mismas criaturas humanas con su mismo Cuerpo y Sangre? ¿Cómo no sorprendernos al ver tal abajamiento y tan gran humildad que nos confunden?  Dios, con ropaje de pan y gotas de vino…¡Dios mío!

Nos sorprende su amor extremo, un amor de locura. Por eso hay que profundizar una y otra vez en el significado que Cristo quiso dar a la Eucaristía, ayudados del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia. Nos sorprende que a pesar de la indiferencia y la frialdad, Él sigue ahí fiel y firme, derramando su amor a todos y a todas horas.

¡Cuánto necesitamos de la Eucaristía!

Necesitamos la Eucaristía para el crecimiento de la comunidad cristiana, pues ella nos nutre continuamente, da fuerzas a los débiles para enfrentar las dificultades, da alegría a quienes están sufriendo, da coraje para ser mártires, engendra vírgenes y forja apóstoles.

  • La Eucaristía anima con la embriaguez espiritual, con vistas a un compromiso apostólico a aquellos que pudieran estar tentados de encerrarse en sí mismos. ¡Nos lanza al apostolado!
  • La Eucaristía nos transforma, nos diviniza, va sembrando en nosotros el germen de la inmortalidad.
  • Necesitamos la Eucaristía porque el camino de la vida es arduo y largo y como Elías, también nosotros sentiremos deseos de desistir, de tirar la toalla, de deprimirnos y bajar los brazos. “Ven, come y camina”.

 


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